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El Septenario Sagrado

H.P.Blavatsky
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Todas las criaturas que me han ofendido quedarán anegadas en siete días por un diluvio: pero tú te salvarás en un arca milagrosamente construida. Así, toma siete varones justos con sus mujeres y parejas de todos los animales, y entra en el arca, porque entonces verás a Dios cara a cara y obtendrán respuestas todas tus preguntas.
Bagavata Purana.


 El número Siete, la cifra fundamental entre todas las demás en todas las religiones nacionales, desde la Cosmogonía hasta el hombre, tiene su razón de ser. Encuéntrase entre los antiguos americanos, de un modo tan evidente como entre los arios y los egipcios arcaicos. Dice el autor de Sacred Mysteries among the mayas and Quiches, 11,500 years ago:
  El siete parece haber sido el número sagrado por excelencia entre las naciones civilizadas de la antigüedad. ¿Por qué? Esta pregunta jamás ha sido contestada satisfactoriamente. Cada pueblo, por separado, ha dado una explicación distinta con arreglo a las doctrinas peculiares de su religión. Que él era el número de los números para los iniciados en los misterios sagrados, no cabe la menor duda. Pitágoras lo llama el “Vehículo de la vida”, conteniendo cuerpo y alma, puesto que está formado de un cuaternario, esto es,  Sabiduría e Intelecto, y de una Trinidad, o acción y materia. El emperador Juliano, en Matrem y en Oratio, se expresa como sigue: “Si yo tocara a los sagrados misterios de nuestra Iniciación, que los caldeos baquizaron con respecto al dios de los siete rayos,  iluminando el alma por su medio, diría cosas desconocidas de la plebe, muy desconocidas, pero bien sabidas por los benditos Teurgistas”.

 ¿Y quién, que conozca los Puranas, el Libro de los Muertos, el Zendavesta, los ladrillos asirios, y, finalmente, la Biblia, y haya observado la constante aparición del número siete en los anales de pueblos desde los tiempos más remotos desconocidos entre sí y tan apartados, puede considerar como coincidencia el hecho siguiente, expuesto por el mismo explorador de los Misterios antiguos?
 Hablando de las preponderancias del siete como número místico, entre los habitantes del “Continente Occidental”, de América, añade que no es menos notable, pues:

  Aparece con frecuencia en el Popu Vuh lo encontramos, además, en las siete familias, que según Sahagun y Clavigero, acompañaron al personaje místico llamado Votan, el reputado fundador de la gran ciudad de Nachan, identificada por algunos con Palenque. En las siete cuevas de donde se dice que salieron los antecesores de los Nahualts. En las siete ciudades de Cibola, descritas por Coronado y Niza... En las siete Antillas;  en los siete héroes que, según se nos dice, escaparon al Diluvio.

 Héroes, por otra parte, cuyo número se encuentra ser el mismo en todas las historias de los Diluvios (desde los siete Rishis que se salvaron con el Manú Vaivasvata, hasta el Arca de Noé, en la cual las bestias, las aves y las criaturas fueron tomadas por “setenas”.
 Así, pues, consideramos perfectos los número 1, 3, 5, 7. Porque son por completo místicos, y tienen parte principalísima en toda la Cosmogonía y evolución de los Seres vivientes. En la China, el 1, 3, 5 y 7 son llamados “números celestiales”.
 La explicación de ello se hace evidente cuando se examinan los símbolos antiguos: todos ellos están basados y provienen de las cifras que se han dado, tomadas del Manuscrito Arcaico, el símbolo de la evolución y de la caída en la generación o Materia.
 Conviene recordar que todas las cosmogonías reconocen una Trinidad creadora formada por el Padre (espíritu), la Madre (materia) y el Hijo (universo manifestado), procedente de ambos. Cada uno de los astros que constituyen el universo pasa sucesivamente por cuatro edades o épocas análogas a la vida humana, y así tiene su infancia, juventud, virilidad y vejez. Estas cuatro épocas, con las tres personas de la Trinidad creadora, componen de nuevo el sagrado siete.
 Según Pitágoras, la Mónada o unidad engendra la duada, y con ella forma primero la triada y después el cuaternario Arba il, cuyo místico conjunto constituye el número siete. Los números sagrados principian en el uno y terminan en el cero, símbolo del infinito e ilimitado círculo del universo. Todos los número intermedios, sea cual sea su combinación y multiplicación, representan ideas filosóficas, desde el impreciso bosquejo hasta la acabada definición de los fenómenos físicos y morales. Son los número  la clave de los antiguos conceptos cosmogónicos en su más amplio sentido, esto es, que comprenden la evolución integral de la especie humanan y de todos los seres de la Naturaleza.
 El número siete es indudablemente de origen indo, y siempre se lo tuvo por lo más sagrado. Los filósofos arios subordinaron hechos, ideas y lugares de la Naturaleza.

Los siete rishis o sabios que simbolizan las siete primitivas razas prediluvianas, llamadas por algunos post-diluvianas.
Los siete lokas o mundos, entre superiores e inferiores, de donde procedieron respectivamente la bienaventuranza final (moksha).
Los siete kulas o castas.
Las siete ciudades santas (sapta puras).
Las siete islas sagradas (sapta dwipa).
Los siete mares sagrados (sapta samudra).
Las siete montañas sagradas (saptaparvata).
Los siete desiertos (sapta arania).
Los siete árboles sagrados (sapta vruksha).


En la magia caldea ocupa el número siete tan preferente lugar como entre los indios y se le considera bajo dos aspectos, benéfico o maléfico, según las condiciones. Así vemos en las tablillas asirias, tan fielmente interpretadas hoy día, siguiente conjuro:
 

Tarde de mal agüero, región del cielo que produces desgracias...
Mensajero de peste.
Deprecantes de Ninkigal.
Los siete dioses del vasto cielo.
Los siete dioses de la vasta tierra.
Los siete dioses de las refulgentes esferas.
Los siete dioses de la región celeste.
Los siete dioses maléficos.
Los siete fantasmas dañinos.
Los siete fantasmas de llamas maléficas.
Demonio dañino, dañino alal, dañino gigim; dañino telal....; dañino dios, dañino maskim.
Recuerda, espíritu de los siete cielos.... Recuerda, espíritu de las siete tierras.


Encontramos también el número siete en casi todas las páginas del Génesis y en los demás libros del Pentateuco, así como en el Libro de Job y en la Kábala caldea. Sin tan fácilmente lo adoptaron los hebgreosm, no sería a ciegas, sino con completo conocimiento de su oculto significado, y de aquí que también adoptaran los hebreos, no sería a ciegas, sino con completo conocimiento de su oculto significado, y de aquí que también adoptaran las doctrinas de sus cecinos paganos, Por lo tanto, lógico es que indaguemos en la filosofía pagana la significación del número siete que reaparece en el cristianismo aplicando a los siete sacramentos, las siete iglesias del Asia menor, los siete pecados capitales, las siete virtudes contrarias, las otras siete entre teologales y cardinales, etc.
 ¿Tenían los siete colores del arco iris visto por Noé otro significado además de la alianza entre Dios y el patriarca? Al  menos para el cabalista tenía un significado inseparablemente unido al de las siete pruebas mágicas, las siete esferas superiores,  las siete notas de la escala musical, los siete números de Pitágoras, las maravillas del mundo, las siete épocas y los siete peldaños masónicos que daban acceso al Sancta Sanctorum  después de atravesar los pasos perdidos de tres y cinco. ¿ Qué es, pues este frecuente número que encontramos en todas las páginas de las Escrituras Hebreas y en cada estrofa y dístico de los textos induístas y budistas?. ¿ De dónde proceden estos números que animan el pensamiento de Pitágoras y Platón y que ningún orientalista profano ni comentador bíblico es capaz de desentrañar?. Aunque poseyeran la clave no sabrían utilizarla.
El número siete es la linterna mágica de Trismegisto, para alumbrar nuestro camino. Alguna razón debe de haber para que universalmente haya servido este número de cómputo místico. Todos los pueblos de la antigüedad clocaron sobre el séptimo cielo la morada del Demiurgo. Así dice al cabalista emperador Juliano:

Si hubiese de hablar de la iniciación en nuestros Sagrados Misterios, que los caldeos consagraron al Dios de los siete rayos cuya veneración exaltaba las almas, diría cosas desconocidas muy desconocidas del vulgo, pero que saben bien los benditos taumaturgos.

Por su parte expone Lido:

Los caldeos dan a Dios el nombre de Iao, y algunas veces el de Sabaoth. Al que está sobre las siete órbitas le llaman Demiurgo.

Es preciso consultar los autores pitagóricos y cabalistas para percatarse de la potencialidad del número siete. Los siete rayos del espectro solar están representados esotéricamente en el Dios Heptaktis (el de los siete rayos), y se resumen en tres rayos primarios, rojo, azul y amarillo que forman la trinidad solar y tipifican respectivamente, el espíritu materia y el espíritu esencia.
 Los pitagóricos llamaban al número siete vehículo de vida, como si estuviese dotado de cuerpo y alma; pues, según ellos, el cuerpo humano se compone de cuatro elementos y el alma de tres; conviene a saber: razón, pasión y deseo. Colocaban los griegos la Palabra inefable en el séptimo y más alto lugar sobre sus siete substitutas o sucedáneas, correspondientes a los grados de iniciación. Los judío tomaron el precepto del sábado de los antiguos, que tenían este día por nefasto y estaba consagrado a Saturno.  En India, Arabia, Siria y Egipto figuraba ya en los cómputos del tiempo la semana de siete días que los romanos se asimilaron al conquistar estos países, aunque hasta el siglo cuarto no quedó del todo substituido por el hebdomanario el cómputo de calendas, nonas e idus. Los nombres astronómicos de los días prueban que no derivó de los hebreos la semana de los siete días. Pero antes de analizar cabalísticamente este número conviene examinarlo desde el punto de vista del sábado judaíco-cristiano.

 Así que la semana de siete días es el antiquísimo período Saba o Sapta. Las fiestas lunares de la India demuestran que también en este país se celebraban asambleas semanales. Así como cada fase de la luna determina alteraciones atmosféricas, también ocurren mudanzas en el universo entero de las que las meteorológicas son las menos importantes. El día séptimo, el más poderoso día prismático, se congregan los adeptos de la ciencia secreta como se  congregaban hace miles de años, para actuar de agentes de las ocultas fuerzas naturales (emanaciones del Dios operante) y comunicarse con los mundos invisibles. los antiguos sabios santificaban el séptimo día, no porque creyeran en el divino descanso sino porque conocían su oculta influencia. De esto deriva la profunda veneración en que los antiguos filósofos tenían el número siete que calificaban de “sagrado” y “venerable”. La Tetraktys pitagórica tan respetada por los platónicos, se representaba en forma del cuadrado de bajo del triángulo, símbolo este último de la Trinidad comprensiva de la invisible Mónada o Unidad; pero el nombre de la Tetraktys, por la sacratísimo sólo podía pronunciarse en el santuario.

 En cuanto al concepto de la Causa primera, dice Juan Reuchiln:
 
 La heptakis no es la Causa Suprema, sino sencillamente Su emanación, el primer efecto visible de la irrevelada Potestad. Es como Su divino aliento que, surgido impetuosamente se condensa y refulge hasta convertirse en Luz, que perciben los sentidos externos.

 Este concepto de la emanación del Altísimo equivale al del Demiurgo o los Elohim que forman el mundo en seis días y descansan el séptimo. Pero los Elohim no son ni más ni menos que la personificación de las fuerzas de la Naturaleza, los fieles agentes de las leyes de Aquel que de por Sí es armónica e inmutable Ley.
 
 

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