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La divina inspiración de las escrituras

El designio divino 

Entre las marcas características de la Palabra de Dios, ninguna es más admirable ni trascendente que el designio que el Espíritu Santo ha tenido a bien grabar de forma indeleble en cada uno de los diversos libros de la Escritura así como en el conjunto de la colección. Y esto no sólo en el Antiguo Testamento y en el Nuevo por separado, sino en ambos como partes constitutivas de lo que al menos nosotros los cristianos denominamos «la Biblia». Hay faltas de transcripción tanto en el hebreo como en el griego.

Hay defectos y errores de traducción tanto en las versiones antiguas como en las modernas. Y los errores abundan aún más en los comentarios, desde los más primitivos existentes hasta los de nuestros días. Pero todas estas imperfecciones juntas —por más que alguna pueda ocultar el testimonio de un detalle— son incapaces de empañar —salvo en una pequeña medida— la exquisita belleza de las Escrituras que el ojo del creyente instruido percibe. «Por siempre cantando mientras iluminan, la mano que nos hizo es divina.» Y esto va mucho más allá de la órbita del cielo —de donde uno de nuestros poetas empleó las palabras—; pues lo que es material se hunde detrás de la expresión de las palabras, la mente, los benignos afectos y los gloriosos propósitos de Dios para Sus hijos y Su pueblo, y para todas las naciones también, las cuales hallan su centro, objetivo y cumplimiento en Cristo, el Hijo de su amor y el Señor de todo.

Huelga decir que la incredulidad falta en no oír a Dios en su Palabra. Así lo testifica la misma Escritura, y así ella misma lo ha demostrado desde que se escribió y difundió en toda edad, país y lengua. No podía ser de otra manera con toda la raza humana alejada de Dios. El apóstol Pablo escribe a los romanos: “Por cuanto los designios [lit.: la mente o el pensamiento] de la carne son enemistad contra Dios” (Romanos 8:7); y a los corintios: “El mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría” (1.ª Corintios 1:21).

¿Quién no se maravilla cuando lee las abrumadoras palabras dirigidas a los efesios: “Estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis [vosotros los gentiles] en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros [los judíos] vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira” (Efesios 2:1-3)? Y a los colosenses les dice: “Y a vosotros… que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras” (Colosenses 1:21). Existe, pues, una repugnancia innata a Dios y a su Palabra en cada hijo de Adán; y de aquí vemos la absoluta necesidad del nuevo nacimiento, tal como nuestro Señor le aseguró a Nicodemo: “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3:3-5). Y si no creían cuando el Señor les decía cosas terrenales, ¿cómo creerían si les dijere las celestiales? Pues el reino de Dios comprende ambas, siendo Cristo el Heredero de todas las cosas, el cual está ahora en lo alto, y pronto será manifestado como Cabeza sobre todas las cosas.

Mas todo esto y, más aún, el fundamento de todo —que estriba en su gloria personal y en la eficaz obra de reconciliación por su muerte—, es desconocido así como despreciado por la arrogante incredulidad del hombre. Ésta no ve en la Escritura (por decir el Pentateuco, el cual constituye el fundamento mismo del Antiguo Testamento, y el cual es sostenido asimismo como divino en el Nuevo) más que una obra de retacitos de antiguas leyendas humanas, las cuales por más que se agrupen todas juntas en los días de Samuel o aun en los de Josías, si no más tarde todavía, ni siquiera conforman, si no una impostura, al menos una novela o una fábula. Mas esta infundada incriminación de los viejos deístas ingleses constituye un fraude absolutamente abominable, satinados a la fecha por la perniciosa ingenuidad y la voluminosa aunque exánime erudición de sus modernos sucesores, principalmente en Alemania y Holanda, sin mencionar a sus discípulos de habla inglesa.

“Dice el necio en su corazón: No hay Dios. Se han corrompido, e hicieron abominable maldad; no hay quien haga bien. Dios desde los cielos miró sobre los hijos de los hombres, para ver si había algún entendido que buscara a Dios. Cada uno se había vuelto atrás; todos se habían corrompido; no hay quien haga lo bueno, no hay ni aun uno” (Salmo 53:1-3). Así es como tratan a su Palabra aquellos que se autotitulan «altos» —aunque en realidad escépticos— críticos. Ellos excluyen a Dios de la autoría de las Escrituras. Ninguno de ellos acepta honestamente el fallo del Señor dado por intermedio del apóstol Pablo: “Toda Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia” (2.ª Timoteo 3:16). Ésta es una cláusula que afirma de forma expresa la divina inspiración, no sólo para los escritores, sino que lo dice de cada jota, aun la que todavía faltaba escribirse, como Escritura. Él ya había hablado así del Antiguo Testamento en el v. 15, el cual es distinguido mediante el empleo de un término diferente a fin de dar luego el mayor énfasis.

De esta manera incorpora cada parte de lo que la gracia estaba proveyendo como la última comunicación de Dios. Naturalmente que la palabra que Timoteo conocía se aplica a lo que fue escrito antiguamente; pues las Escrituras, como otras dádivas de Dios, son encomendadas al cuidado de los Suyos, los cuales son siempre propensos a fracasar en guardar intacto —lo mismo que a comprender debidamente y a transmitir a los demás— el santo depósito. La legítima función del crítico consiste, pues, en remover tales intrusiones humanas a fin de que el lector pueda tener la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, la cual no se encuentra en ningún otro libro excepto en la Biblia; no, ni en todos los demás libros juntos.

 

 

La religión como parte principal de la cultura

No hace falta decir, que el Islam es la religión principal en Qatar.  aprender algo sobre el Islam y el respeto de sus tradiciones y prácticas es importante para todas las personas que, como yo, estén interesadas en la cultura en Qatar.

Características

Tened en cuenta, que los seguidores de la fe islámica son los musulmanes. Para ellos, Islam no es sólo una religión, sino una forma de vida que rige y guía su camino a través de este mundo y el siguiente. Es una parte integral y generalizada de todos los aspectos de la vida. El culto público, aquí, es visto como más importante que casi cualquier otra cosa. Libros religiosos y escritos se encuentran en todas partes. La frase ‘En el nombre de Dios, el compasivo, el Misericordioso’ se encuentra en la parte superior de la mayoría de la correspondencia.

Islam significa ‘sumisión activa a la voluntad de Dios’. La religión enseña que Dios controla absolutamente todo. Escucharás ‘La ilaha illa Allah, Mohammadun rasulu Allah’ (‘no hay Dios sino Dios, y Mahoma es su Profeta). Mahoma nació en Meca en alrededor de 571AD y comenzó a recibir revelaciones en la edad de 40. Tres años más tarde, comenzó a predicar, para desafiar a las religiones paganas locales. Como resultado, Mohammed y sus seguidores – musulmanes – tuvieron que huir a la ciudad de Medina de 622AD. Este éxodo es considerado como el comienzo de la era musulmana y es año cero. El comienzo del calendario islámico. De la misma manera la fecha de nacimiento de Cristo es el comienzo del calendario cristiano.

El Sagrado Corán (Qu’ran) es la palabra de Dios según lo revelado por el ángel Gabriel al profeta Mohammed en la Meca. El principal punto de desacuerdo con el cristianismo es, que mientras los musulmanes perciben y veneran a Jesús como un Profeta (segundo en estatura a Mahoma), disputan su divinidad. En las palabras del Corán, ‘ni era nacido de Dios, ni lo dan a luz’. El musulmán cree que todas las personas nacen al Islam pero se desvían a otras religiones, generalmente por sus padres.

Hay 5 pilares del Islam: fe, rezo, caridad, ayuno y peregrinación.

El cristianismo, ¿En qué consiste?

La Biblia no era un sistema particular de teología deducido de ella— era la guía suprema y plenamente suficiente de la Iglesia, en todas las épocas, en todas las latitudes y bajo todas las circunstancias. Ahora nos proponemos presentar a nuestros lectores, no una forma particular de religiosidad humana, sino el cristianismo en su excelencia moral y en su belleza divina, tal como está ilustrado en este conocido pasaje de la epístola a los Filipenses. No osamos tomar la defensa de los hombres ni de sus sistemas. Los hombres yerran en su teología y en su moral, pero la Biblia y el cristianismo permanecen inalterables e inquebrantables.

¡Qué gracia indecible! ¿Quién podría apreciarla debidamente? Poseer una regla perfecta de teología y de moral, es un privilegio por el que jamás podríamos estar suficientemente agradecidos. Poseemos esta norma —bendito sea Dios— en la Biblia y en el cristianismo que ella expone. Los hombres pueden errar en sus creencias y faltar en su conducta, pero la Biblia no deja de ser la Biblia, y el cristianismo no deja de ser el cristianismo.

Ahora bien, creemos que el tercer capítulo de la epístola a los Filipenses nos presenta el modelo de un verdadero cristiano, un modelo según el cual todo cristiano debería ser formado. El hombre que se nos muestra aquí, podía decir por el Espíritu Santo: “Hermanos, sed imitadores de mí” (Filipenses 3:17). Él no habla así en su carácter de apóstol, ni como hombre dotado de dones extraordinarios, habiendo tenido el privilegio de haber visto inefables visiones. En este versículo 17 de nuestro capítulo, no oímos a Pablo el apóstol ni a Pablo el vaso dotado, sino a Pablo el cristiano. Nosotros no podríamos seguirlo en su brillante carrera como apóstol. No podríamos seguirlo en su arrebatamiento al tercer cielo; pero sí podemos seguirlo en su marcha cristiana a través de este mundo; y nos parece que en este capítulo tenemos una vista completa de esta marcha, y no solamente de la marcha en sí, sino también del punto de partida y de la meta. Vamos, pues, a considerar:

· Primero: La posición del cristiano
· Segundo: El objeto del cristiano
· Tercero: La esperanza del cristiano

¡Que el Espíritu Santo sea nuestro instructor, mientras nos detenemos un poco en estos puntos tan importantes y tan llenos de interés! Y ahora, abordemos el primer punto:

1. La posición del cristiano

Este punto, en nuestro capítulo, se halla desarrollado de manera doble. No sólo se nos dice lo que es la posición del cristiano, sino también lo que no es. Si alguna vez ha existido un hombre que pudiera jactarse de tener su propia justicia con la cual estar delante de Dios, ése ha sido Pablo. “Si alguno piensa que tiene de qué confiar en la carne, yo más: circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible” (Filipenses 3:4-6).

He aquí un muy notable catálogo que presenta todo lo que se podría desear para constituir una buena posición en la carne. Nadie podía aventajar a Saulo de Tarso. Él era un judío de pura cepa, de una conducta irreprensible, con un celo ferviente y una devoción inquebrantable. En sus principios, era un perseguidor de la Iglesia. Como judío, era imposible que no viese que los fundamentos mismos del judaísmo eran sacudidos por la nueva economía de la Iglesia de Dios. Era absolutamente imposible que el judaísmo y el cristianismo pudiesen subsistir sobre el mismo terreno, o que pudiesen reinar juntos sobre el mismo espíritu. Un rasgo especial del antiguo sistema era la estricta separación de judíos y de gentiles; un rasgo especial del último es la íntima unión de ambos en un solo y mismo cuerpo. El judaísmo erigía y mantenía la pared intermedia de separación; mientras que el cristianismo la derribó para siempre.

Por tal motivo, Saulo de Tarso, como celoso judío, no podía ser sino un ardiente perseguidor de la Iglesia de Dios. Ello era parte de su religión, en la cual él “aventajaba a muchos de sus contemporáneos en su nación”, siendo “mucho más celoso” (Gálatas 1:14). Saulo tenía todo lo que se podía tener bajo forma de religión; cualquiera fuese la altura que el hombre podría alcanzar, él la alcanzaba. No se le escapaba nada que pudiese contribuir a construir el edificio de su propia justicia, de la justicia en la carne, de la justicia en la vieja creación. Le fue permitido apropiarse de todas las atracciones de una justicia legal, a fin de que pudiese arrojarlas lejos de él en medio de las glorias más brillantes de la justicia divina. “Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe” (Filipenses 3:7-9).

Debemos notar aquí que el pensamiento más sobresaliente en este pasaje no es el de un pecador culpable que echa mano de la sangre de Jesús para obtener el perdón, sino más bien el de un legalista que echa de lado, como escoria, su propia justicia, por haber encontrado una mejor. Ni precisamos mencionar que Pablo era un pecador por naturaleza, “el primero de los pecadores”, y que, como tal, tuvo que apropiarse de la sangre preciosa de Cristo, y hallar allí el perdón, la paz y la aceptación para con Dios. Muchos pasajes del Nuevo Testamento nos enseñan esto; pero no es éste el pensamiento principal del capítulo que estamos considerando. Pablo no está hablando de sus pecados sino de sus ganancias. No está ocupado con sus necesidades como pecador, sino de sus ventajas como hombre, como hombre en la carne, como hombre en la vieja creación, como judío, en una palabra.

Es cierto, benditamente cierto, que Pablo trajo todos sus pecados a la cruz y que ellos fueron lavados en la sangre expiatoria de la divina ofrenda por el pecado. Pero vemos otra cosa en este importante pasaje. Vemos a un hombre legalista arrojando lejos de sí su propia justicia y estimándola como una cosa repugnante y sin valor en comparación con un Cristo resucitado y glorificado, quien es la justicia del cristiano, la justicia que pertenece a la nueva creación. Pablo tenía pecados que lamentar, pero tenía una justicia en la cual podía gloriarse. Tenía culpa en la conciencia, y laureles en la frente.

Tenía abundantes cosas de que avergonzarse, y abundantes cosas de que gloriarse. Pero el punto principal que se presenta en Filipenses 3:4-8 no es el de un pecador cuyos pecados han sido perdonados, su culpa borrada y su vergüenza cubierta, sino el de un legalista que deja atrás su propia justicia, el de un erudito que se despoja de todos sus laureles, el de un hombre que abandona su vanagloria por la sencilla razón de que ha hallado la verdadera gloria, el galardón inmarcesible y una eterna justicia en la Persona de un Cristo victorioso y exaltado. No se trataba solamente de que Pablo, el pecador, tuviese necesidad de una justicia, porque, en realidad, él no tenía ninguna; sino de que Pablo, el fariseo, prefería la justicia que le fue revelada en Cristo, porque ella era infinitamente mejor y más gloriosa que toda otra.

Sin duda, Pablo, como pecador, tenía necesidad de una justicia, en la cual pudiese estar de pie ante Dios, como todo otro pecador; pero no es eso lo que él nos presenta en este capítulo. Deseamos que nuestros lectores comprendan con claridad este punto, a saber, que no es sólo cuestión de que mis pecados me muevan hacia Cristo, sino de que Sus excelencias me atraen a Él. Es cierto que tengo pecados y que, por lo tanto, necesito a Cristo; pero aunque tuviese una justicia, la arrojaría lejos de mí y sería dichoso de refugiarme “en Él”. Sería una positiva “pérdida” para mí el tener una justicia propia, ya que Dios me ha provisto en su gracia de tan gloriosa justicia en Cristo.

Es como Adán en el huerto de Edén; estaba desnudo y, en consecuencia, se hizo un delantal; pero habría sido una “pérdida” para él el hecho de conservar el delantal después que Jehová Dios le hiciera una túnica. Seguramente era muchísimo mejor tener una túnica hecha por la mano de Dios, que un delantal hecho por la mano del hombre. Así pensó Adán, así pensaba Pablo, y así pensaban todos los santos de Dios cuyos nombres hallamos grabados en las páginas sagradas. Es mejor estar en la justicia de Dios, que es por la fe, que estar en la justicia del hombre, que es por las obras de la ley. No es solamente una gracia ser librados de nuestros pecados mediante el remedio que Dios proveyó, sino que es también una gracia ser librados de nuestra justicia y aceptar, en lugar de ella, la justicia que Dios reveló.

2. El objeto del cristiano

Aquí nuevamente vemos que el cristianismo nos coloca delante de Cristo solo. El hecho “de conocerle” (Filipenses 3:10) constituye la aspiración del verdadero cristiano. Si la posición del cristiano es “ser hallado en él”, “conocerle” constituye su único objeto, su única meta. La filosofía de los antiguos tenía un adagio que era constantemente presentado a la atención de sus discípulos: «Conócete a ti mismo.» El cristianismo, al contrario, tiene otra palabra, que tiende a un objeto más noble y elevado. Nos insta a conocer a Cristo, a hacer de él el objeto de nuestro corazón, a fijar nuestra mirada en él.

Esto y sólo esto constituye el objeto del cristiano. Tener cualquier otro objeto no constituye en absoluto el cristianismo, y lamentablemente los cristianos tienen otros objetos en que ocuparse. Por eso decíamos al principio de nuestro artículo, que lo que deseábamos presentar a nuestros lectores es el cristianismo y no la marcha de los cristianos. Poco importa cuál sea el objeto que nos ocupa; desde el momento que no es Cristo, no es el cristianismo. El anhelo del verdadero cristiano tenderá siempre hacia lo que se dice en estas palabras: “A fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte” (v. 10).

La meta del cristiano no es hacer su camino en el mundo, ir en busca del dinero, procurar alcanzar una posición social elevada, buscar engrandecer su familia, hacerse de un nombre y buscar fama. Él no aspira a ser considerado un gran hombre, un hombre rico, un hombre popular. No, ninguna de estas cosas es un objeto cristiano. Ellas pueden constituir las aspiraciones de aquellos que no han hallado mejores bienes; pero el cristiano ha hallado a Cristo. En esto reside toda la diferencia. Puede parecer natural para un hombre que no conoce a Cristo como su justicia, hacer lo mejor que pueda para forjar su propia justicia; pero para aquel cuya posición está en un Cristo resucitado, la más perfecta justicia que pudieran producir los esfuerzos humanos, no sería más que una pérdida. Es exactamente lo mismo cuando se trata de un objeto. La cuestión no es decir: «¿Qué hay de malo en tal o cual cosa?», sino: «¿Es esto de Cristo?».

Es útil considerar esto, pues estamos seguros de que una de las grandes causas de la baja condición espiritual que prevalece entre los cristianos, se debe justamente al hecho de que la mirada es quitada de Cristo, y fijada en tal o cual objeto inferior. El objeto puede tener en sí mismo cierto valor moral para un hombre del mundo, para un hombre que no ve nada más allá de su lugar en la naturaleza, en la vieja creación. Pero, para el cristiano, no es así. Él no es de este mundo. Está en el mundo, pero no es del mundo. Ellos “no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo”, dice nuestro amado Señor (Juan 17:14). “Nuestra ciudadanía está en los cielos” (Filipenses 3:20), y nunca debiéramos estar satisfechos con un objeto inferior a Cristo. No importa en lo más mínimo la posición social en la cual estemos. Un hombre puede ser un recolector de residuos o un príncipe, o puede ocupar uno de los numerosos grados entre estos dos extremos sociales; es todo lo mismo si Cristo constituye su único y verdadero objeto. No es la condición social de un hombre, sino el objeto que persigue, lo que le confiere su carácter.

El apóstol Pablo no tenía sino un solo objeto: Cristo. Ya sea que se quedase en un lugar o que estuviese de viaje, que predicase el Evangelio o que juntase ramas secas para las estacas (Hechos 18), que estableciese iglesias o que hiciera tiendas, su objeto era Cristo. Tanto de noche como de día, en casa o fuera de ella, por mar o por tierra, solo o con otros, en público o en privado, Pablo podía decir: “Una cosa hago” (v. 13); y esto, notémoslo bien, no se trata solamente de Pablo el diligente apóstol, Pablo el santo arrebatado al tercer cielo, sino de Pablo el cristiano vivo, activo y caminante; de aquel que podía decirnos: “Hermanos, sed imitadores de mí” (v. 17). Y no deberíamos contentarnos con nada menos.

Nuestras faltas —es triste decirlo, pero es cierto—, son numerosas; pero mantengamos siempre ante nuestros ojos el verdadero objeto. El escolar, que escribe unas líneas, sólo puede esperar que la página que redacta quede prolija si mantiene sus ojos fijos en la primera línea del encabezamiento que subrayó con una regla. Ahora bien, si luego aparta su mirada de la línea modelo, y se empieza a fijar en la última línea que acaba de trazar —lo cual es una tendencia muy común—, entonces cada línea subsiguiente se irá desviando cada vez más de la precedente. Lo mismo ocurre con nosotros: Apartamos la mirada de nuestro divino y perfecto modelo, y comenzamos a considerarnos a nosotros mismos, a fijarnos en nuestros propios esfuerzos, en lo que somos nosotros, en nuestros propios intereses, en nuestra reputación. Comenzamos a pensar en lo que estaría de acuerdo con nuestros principios, con la profesión que hacemos, con nuestra posición en el mundo, en lugar de pensar en el único objeto que el cristianismo pone ante nosotros, esto es, Cristo.

Concluiremos este breve e imperfecto esbozo de un tema tan amplio e importante, con algunas palabras sobre la esperanza del cristiano.

3. La esperanza del cristiano

Este tercer y último punto se presenta en nuestro capítulo de una manera tan característica como los otros dos. La posición del cristiano es ser hallado en Cristo; el objeto del cristiano es conocer a Cristo, y su esperanza es ser semejante a Cristo. ¡Cuán admirablemente perfecto es el lazo que existe entre estas tres cosas! Desde el momento que me hallo en Cristo como mi justicia, anhelo conocerle como mi objeto, y cuanto más le conozco, tanto más ardientemente deseo ser semejante a él, esperanza que sólo puede concretarse cuando le vea tal como él es. Al poseer una justicia perfecta y un objeto perfecto, sólo anhelo una cosa más, a saber: acabar con todo lo que me impida gozar plenamente de este objeto. “Mas nuestra ciudadanía[1] está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas” (Filipenses 3:20-21).

Y ahora, al reunir estos pensamientos, tenemos un cuadro completo del cristianismo. No hemos procurado desarrollar aquí ninguno de estos tres puntos mencionados; porque, bien podemos decir, cada uno de ellos requeriría un volumen. El lector haría bien en continuar por sí solo con este admirable estudio. Que para ello se eleve por encima de las imperfecciones y de las inconsecuencias de los cristianos, para contemplar la grandeza moral del cristianismo, tal como este capítulo nos lo muestra en la vida y el carácter de Pablo; y que el lenguaje de su corazón sea: «Que otros hagan como quieran; en cuanto a mí, nada menos que este precioso modelo podrá satisfacer mi corazón; además, quiero quitar mi mirada de los hombres, para fijarla solamente en Cristo, y hallar todo mi gozo en él como mi justicia, mi objeto y mi esperanza.» ¡Que así sea para el escritor y para el lector, por amor a Jesús!

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