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Sobre la formación de las iglesias

Las circunstancias actuales han llevado a muchos cristianos a considerar si los creyentes son verdaderamente competentes para formar iglesias, según el modelo de las iglesias primitivas, y si la formación de tales cuerpos está actualmente en armonía con la voluntad de Dios.

Uno no puede sino reconocer la confusión que existe en la cristiandad, y algunos estiman que la única manera de hallar la bendición en medio de toda esta ruina es formando y organizando iglesias. Otros consideran que un intento de esa naturaleza es un mero producto del esfuerzo humano, y que, como tal, carece de la primera condición de una bendición duradera, la cual sólo puede hallarse en una entera dependencia de Dios; aunque desde luego reconocemos que la sinceridad y la verdadera piedad de muchos que han tomado parte en esta acción, puede hasta cierto punto tener la bendición de Dios.

El que escribe estas páginas, unido por los lazos más fuertes de afecto fraternal y amor en Cristo a muchos de los que pertenecen a cuerpos que asumen el título de Iglesia de Dios, ha evitado cuidadosamente todo conflicto con sus hermanos sobre este tema, aunque a menudo ha dialogado con ellos acerca de estas cuestiones. No ha hecho más que separarse de las cosas que se hallaban en ese cuerpo, cuando ellas le parecían contrarias a la Palabra de Dios, procurando solícitamente, no obstante, guardar “la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”, y teniendo en cuenta aquellas palabras: “Si entresacares lo precioso de lo vil, serás como mi boca” (Jeremías 15:19), instrucción de infinito valor en medio de la confusión actual. Pero su afecto no ha disminuido, ni se han roto ni debilitado sus vínculos.

Dos consideraciones impelen al escritor de manera especial a declarar lo que para él es el pensamiento de las Escrituras sobre este tema: un deber hacia el Señor (y el bien de Su Iglesia es de la mayor consideración), y luego un deber de amor hacia sus hermanos, amor que debe ser dirigido por la fidelidad al Señor. Escribe estas páginas debido a que la idea de hacer iglesias constituye el verdadero obstáculo para el cumplimiento de lo que todos desean, a saber, la unión de los santos en un solo cuerpo: primero, porque en aquellos que lo han intentado, al sobrepasar el poder que el Espíritu les había dado, ha obrado la carne; y, en segundo lugar, porque aquellos que estaban fatigados del mal de los sistemas nacionales, al verse en la necesidad de escoger entre ese mal y lo que satisfacía el punto de vista de ellos como congregaciones disidentes, se quedan a menudo donde se encuentran, sin esperanzas de hallar algo mejor.

En las condiciones actuales sería una extravagancia afirmar que estas iglesias puedan realizar la deseada unión, pero no voy a insistir en ello para no entristecer a algunos de mis lectores. Mi intención es más bien poner en primer término los puntos en los que estamos de acuerdo, puntos que a la vez nos ayudarán a formarnos un juicio claro y cierto sobre muchos sistemas actualmente existentes, sistemas que, si bien son incapaces de producir el bien deseado por un gran número de hermanos, dejan a sus partidarios, como único consuelo y excusa, el pensamiento de que los demás no pueden hacer más que ellos para alcanzar la meta propuesta.

El propósito de Dios en cuanto a la reunión de los creyentes en la tierra

Es el deseo de nuestros corazones y, según creemos, la voluntad de Dios en esta dispensación[2], que todos los hijos de Dios estén reunidos como tales, y, por consiguiente, fuera de este mundo. El Señor se dio a sí mismo “no solamente por la nación (los judíos), sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Juan 11:52). Esta reunión de todos en uno era, pues, el motivo inmediato de la muerte de Cristo. La salvación de los elegidos era tan cierta antes de Su venida —aunque se cumplió por medio de ella— como más tarde.

La dispensación judía, que precedió a Su venida a este mundo, tenía por objeto, no reunir a la Iglesia sobre la tierra, sino mostrar el gobierno de Dios por medio de una nación elegida. En la actual dispensación, el propósito del Señor es reunir así como salvar, no solamente realizar la unidad en los cielos, donde los propósitos de Dios se cumplirán ciertamente, sino aquí en la tierra, por “un solo Espíritu” enviado del cielo.

“Por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo” (1 Corintios 12:13). Ésta es la innegable verdad respecto a la Iglesia, tal como la Palabra nos la presenta. Muchos pueden tratar de demostrar que hipócritas y malvados se han infiltrado en la Iglesia; pero no se puede escapar a la conclusión de que había una Iglesia en la cual se deslizaron. La unión de todos los hijos de Dios en un solo cuerpo es evidentemente según el pensamiento de Dios en la Palabra.

La posición de los sistemas nacionales en cuanto a la reunión de los creyentes

En cuanto a los llamados sistemas nacionales, es imposible hallar rastros de su existencia anteriormente al período de la Reforma. Ni su misma noción parece haber existido antes de este período. Lo único que podemos encontrar que sea mínimamente análogo —los privilegios de la Iglesia galicana y la práctica de votar por naciones en algunos concilios generales— son cosas tan ampliamente diferentes que no demandan discusión alguna.

El nacionalismo, es decir, la división de la Iglesia en cuerpos formados de tal o cual nación, es una novedad que data de cuatro siglos[3], aunque en estos sistemas se encuentran muchos queridos hijos de Dios. La Reforma no tocó directamente la cuestión del verdadero carácter de la Iglesia de Dios. No hizo nada para restaurarla a su estado primitivo. Hizo algo que es mucho más importante: expuso la verdad de Dios tocante a la gran doctrina de la salvación de las almas, con mucha más claridad y con un efecto mucho más poderoso que el moderno avivamiento. Pero no restableció la Iglesia en sus facultades primitivas: al contrario, la sujetó en general al Estado para librarla del Papa, porque consideraba peligrosa la autoridad papal y consideraba como cristianos a todos los sujetos de un país.

Para escapar de esta anomalía, creyentes fieles trataron de hallar refugio en una distinción entre una iglesia visible y una iglesia invisible. Pero leamos la Escritura: “Vosotros sois la luz del mundo.” ¿Qué valor tiene una luz invisible? “Una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder” (Mateo 5:14). Decir que la verdadera Iglesia ha sido reducida a la condición de invisible es decidir toda la cuestión, y afirmar que la Iglesia ha perdido enteramente su posición original[4] y carácter esencial, y que está en un estado de apostasía, es decir, que se ha apartado del propósito de Dios y de la constitución que ella había recibido de Él; pues Dios no encendió una lámpara para ponerla debajo de un almud, sino para ponerla sobre el candelero para alumbrar a todos los que están en la casa (Mateo 5:15). Si se volvió invisible, dejó de responder al propósito para el cual fue constituida (véase Juan 17:21), es apóstata. Tal es, según su propio testimonio, el estado público del cristianismo.

Estamos, pues, de acuerdo en el hecho de que la reunión de todos los hijos de Dios en uno es según el propósito del Señor expresado en su Palabra.
Pero mi pregunta, antes de seguir, es ésta: ¿Puede uno creer que las iglesias disidentes, tal como existen en éste y en otros países, hayan alcanzado este objetivo, o que sea probable que lo alcancen?

Esta verdad de la reunión en uno de los hijos de Dios, la Escritura la presenta llevada a cabo en diferentes localidades; y en cada localidad, los cristianos allí residentes constituían un solo cuerpo. Las Escrituras son perfectamente claras a este respecto. Desde luego, se ha planteado la objeción de que una unión así es imposible, pero sin presentar pruebas extraídas de la Palabra de Dios que apoyen tal postura. Se dice: «¿Cómo podría ser esto posible en Londres o en París?» Pues bien, ello era posible en Jerusalén, y allí había más de cinco mil creyentes. Y si bien se reunían en casas y aposentos particulares, no por eso dejaban de ser un solo cuerpo, dirigido por un solo Espíritu, por una sola regla de gobierno, en una sola comunión, y reconocidos como tales. Por tal razón, tanto en Corinto como en otros lugares, una epístola dirigida a la Iglesia de Dios habría encontrado su destino en un cuerpo conocido. E iré más allá, y añadiré que es claramente nuestro deber desear pastores y maestros que asuman el cuidado de tales congregaciones, y que Dios ciertamente los suscitó en la Iglesia tal como la vemos en la Palabra.

 

 

Ocho días de Jánuca para encender la Menorá

El Ángel le preguntó al Profeta: “¿Qué ves?”. Y el Profeta respondió: “Veo una Menorá hecha completamente de oro… Con sus siete lámparas”.

Tras la muerte de Alejandro Magno, su Imperio fue dividido entre los jefes de sus ejércitos: Antigonos, Talmai y Seleucus. En concreto, Israel quedó en manos de Talmai, quien pretendió imponer la cultura helénica a los pueblos que quedaban bajo su mando, incluido el Pueblo de Israel, llegando a prohibir a los judíos la práctica de sus costumbres y tradiciones, incluida su religión.

Ante ello, el Pueblo de Israel reaccionó rebelándose contra las tropas griegas, las cuales les superaban en número, pero se produjo el milagro y los judíos se impusieron a los griegos, el milagro de “ganar pocos contra muchos”. Sin embargo, cuando los israelitas victoriosos regresaron a Jerusalén, al dirigirse al “Har Habait” (el “Santuario del Rey de los Reyes” o “Templo de Jerusalén”), descubrieron con asombro y pena que estaba totalmente destruido, lo que provocó llantos y lamentos entre los israelitas ante el desasosiego que les provocó descubrir tal desgracia.

Sin embargo, otro milagro más había de obrarse. Efectivamente, Yehudá se encaró a los Sacerdotes y les dijo: “No es el momento de llorar. Es tiempo para actuar por Hashem. Tomen las piedras impuras y construyan en su lugar un altar con piedras nuevas. Mas debemos finalizar antes del veinticinco de Kislev. Debemos hacer un nuevo candelabro de hierro y adhiéranle placas de madera. Y estará en lugar del de oro que quitaron los griegos. Tiremos y destruyamos todos los ídolos griegos que estan aquí. Vamos a purificar la casa de Dios de toda esta suciedad causada por Antiojus (líder del ejército griego).” Pero, a la hora de encender el candelabro o “Menorá”, tras reconstruir el Templo, el día veinticinco de Kislev, se encontraron con que sólo disponían de aceite sagrado para un día y que preparar más aceite les llevaría ocho días, por lo que al día siguiente se apagaría la Menorá y no podría lucir con su fuego sagrado el Templo reconstruido. Sin embargo, como indicamos, un nuevo milagro se obró, ya que Yehudá llenó los brazos de la Menorá con el aceite sagrado de que disponían y este duró exactamente ocho días, a pesar de ser insuficiente.

“Den gracias a Hashem, porque Él es bueno, porque su bondad es maravillosa”, repetían todos ante el milagro, decretándose así por los Sabios que, para el año siguiente, el día veinticinco del mes de Kislev fuera día de alabanza y agradecimiento. A partir de ahí se instituyó en el Judaísmo el “Jánuca”, “Janucá” o “Fiesta de las Luminarias”.

Y es precisamente este domingo cuando, un año más, la Comunidad Judía celebra el Jánuca, prolongándose durante ocho días esta celebración indispensable en el calendario judío, quizás la más importante.

Durante la llamada “Fiesta de las Luminarias” los judíos conmemoran el milagro antes mencionado, en el que la Menorá permaneció encendida durante ocho días con sólo aceite para un día. Y es durante esta celebración cuando los judíos, cada noche de Jánuca, encienden un brazo de la Menorá, hasta completar los ocho brazos del candelabro, momento en el que finaliza esta festividad. Ha de hacerse notar que la Menorá cuenta con ocho brazos más uno mayor (en total nueve brazos), siendo el mayor el que se enciende la primera noche de Jánuca, mientras que los ocho restantes el resto de noches.

El Jánuca se celebra, por tanto, durante ocho días, del 25 de kislev al 2 de Tevet (o el 3 de Tevet, cuando Kislev cuenta con sólo 29 días), según el calendario judío, fechas que varían según los años pero que, éste, coinciden con nuestra Navidad, lo que nos recuerda la coincidencia aproximada de las grandes festividades de las tres grandes religiones monoteístas en el tiempo (Jánuca, Eid al Adha y Navidad) y nos evoca una misma intención a la hora de celebrar, aunque con orígenes y significados distintos.

Efectivamente, la intención de las tres grandes religiones es la misma: consagrar un período de tiempo, coincidente con el final del año, a Dios y a celebrar un momento clave en el que, en cada una de estas religiones, se produce un punto de inflexión que marca un antes y un después en la concepción de la Fe. Sin embargo, el origen y el significado, obviamente, de cada una de estas grandes celebraciones es diferente, pero su situación en el calendario ya nos viene a indicar que responden al mismo deseo de cerrar el año dando gracias a Dios, celebrando su Fe y manifestando sus mejores deseos para el año próximo, siendo el aderezo indispensable la celebración en Familia.

Orígenes distintos y significados diferentes no impiden, sin embargo, que el contenido de las celebraciones sean muy similares. En Jánuca la Familia es el centro de las celebraciones, los regalos a los más pequeños, la necesidad de mostrar a todos los símbolos festivos, el papel primordial de la luz, … Algo común a las tres grandes religiones monoteístas y que las aproximan a pesar de sus diferencias.

Pero es en Jánuca donde la luz ocupa el papel más significativo, ya que el ritual del encendido de las velas de la Menorá constituye el centro de las celebraciones, luz que simboliza el fin de la oscuridad y con la que se recuerda que “un gran milagro ocurrió allí” (“nes gadol haia sham”): el milagro de Jánuca (חנוכה).

Primeros años de la Sociedad teosofica

La Sociedad Teosófica fue fundada en la ciudad de Nueva York en 1875 con el lema “No hay religión más alta que la verdad”. Sus principales miembros fundadores fueron Helena Petrovna Blavatsky (1831-1891), Henry Steel Olcott (1832-1907) y William Quan Judge (1851-1896).

Los objetivos de la Sociedad Teosófica

  • Formar un núcleo de la Hermandad Universal de la Humanidad, sin distinción de raza, credo, sexo, casta o color.
  • Fomentar el estudio de la Religión Comparada, la Filosofía y la Ciencia.
  • Investigar las inexplicables leyes de la Naturaleza y los poderes latentes en el hombre.
  • El emblema de la Sociedad Teosófica incluye siete símbolos de particular importancia para la simbología de la Sociedad: 1) el lema de la Sociedad; 2) una serpiente mordiendo su cola (ouroboros); 3) la esvástica; 4) el hexagrama; 5) la cruxansata (Ankh); 6) el alfiler de la Sociedad, compuesto de cruces ansata y serpiente entrelazados, formando juntos “T.S.”, y 7) Om (o aum). El sello de la Sociedad contiene todos estos símbolos, excepto aum, y contiene así, en forma simbólica, las doctrinas que sus miembros siguen.

La Sociedad fue organizada como una entidad no proselitista, no sectaria. Blavatsky y Olcott (el primer presidente de la Sociedad) se trasladaron de Nueva York a Bombay, India en 1878. La sede internacional de la Sociedad se estableció finalmente en Adyar, un suburbio de Madras. La organización original, después de divisiones y reajustes tiene (a partir de 2011) varias ramificaciones; todos ellos aceptan los tres objetivos anteriores y los preceptos presentados por Blavatsky. Blavatsky influyó en el espiritualismo y las subculturas relacionadas: “La tradición esotérica occidental no tiene una figura más importante en los tiempos modernos”.

El pilar: Helena Blavatsky

Helena Blavatsky era una mujer carismática, no convencional y polémica de ascendencia rusa y alemana mezclada, que había viajado extensamente se convirtió en el principal defensor de Teosofía teórica y práctica. Desde su creación, y por asimilación doctrinal o divergencia, la Teosofía también ha dado lugar o ha influido en el desarrollo de otros movimientos místicos, filosóficos y religiosos. Después de la muerte de Blavatsky, los desacuerdos entre prominentes teosofistas causaron una serie de divisiones y varias organizaciones teosóficas surgieron. Un sucesor de la Sociedad original es a partir de 2011 conocido como la Sociedad Teosófica Adyar. Después de una escisión en 1895, William Quan Judge estableció una organización teosófica en la ciudad de Nueva York, que posteriormente se trasladó a Pasadena, California. Se conoce como de 2011 como la Sociedad Teosófica de Pasadena. Estos últimos se dividieron nuevamente; otra organización teosófica, la Logia Unida de Teósofos fue el resultado, formado por Robert Crosbie en 1909.

Los contemporáneos de Blavatsky, entre ellos William Quan Judge y Alfred Percy Sinnett, y exponentes posteriores han contribuido al desarrollo de esta Teosofía, produciendo obras que a veces se expandieron sobre los conceptos originales. A través de las diversas Sociedades Teosóficas y Organizaciones, la Teosofía sigue siendo una activa escuela filosófica con presencia en más de 50 países de todo el mundo.

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