Category: Cuerpo, mente y religión

La mente en la Naturaleza

Los filósofos pre-cristianos y medievales, pueden haber dejado unas pocas señales en las inexploradas minas, pero el descubrimiento de todo el oro y joyas preciosas, sólo se debe a la paciente labor del Sabio moderno. ¡Y aun más, ellos declaran que el genuino y real conocimiento de la Naturaleza, del Kosmos y del hombre, es todo de reciente descubrimiento. El actual y exuberante árbol del conocimiento, creció de las raíces muertas de la cizaña de la antigua superstición!

Las incomprobables concepciones de un pasado primitivo

Los estudiantes de teosofía dicen que no es justo sólo hablar en detrimento de “las incomprobables concepciones de un pasado primitivo”, como Mr.Tyndall y otros han hecho, y al mismo tiempo, esconder la base de la fuente intelectual sobre la cual la reputación de muchos modernos filósofos y científicos ha sido edificada. ¿Cuántos de nuestros distinguidos científicos no han obtenido honor y crédito por simplemente revestir las ideas de esos antiguos filósofos, a quienes ellos están siempre preparados para menospreciar? Hay que dejar a la imparcialidad de la posteridad la última palabra al respecto. Pero la arrogancia y opinión interesada, ha tomado posesión como dos odiosos cánceres en los cerebros de los hombres de mediana sabiduría, y éste es el caso especial de los Orientólogos-Sanskritólogos, Egiptólogos y Asiriólogos.

Los primeros guiados (o tal vez pretendidamente guiados) por pasados eruditos en el Mahâbhârata y los segundos por interpretación arbitraria de papiros, conjuntamente con lo que éste u otro escritor Griego dijo o no dijo , o por las inscripciones cuneiformes, destruidas a medias, en cerámicas hechas por los Asirios de los escritos del “Accado” Babilonico. Muchos de ellos son muy dados a olvidar, en la más conveniente oportunidad, de que los numerosos cambios en el lenguaje, la fraseología alegórica y la evidente secretividad de los escritores místicos, quienes estaban generalmente bajo la obligación de nunca divulgar los solemnes secretos del santuario, pudiesen tristemente haber confundido a ambos, los transcriptores, y sabios antiguos.

La mayoría de nuestros Orientólogos, prefieren permitir que su vanidad conjuntamente con su lógica y poder de razonamiento decidan, antes de admitir su ignorancia, y orgullosamente reclaman, como el Profesor Sayce

“que ellos han descubierto el verdadero significado de los viejos símbolos religiosos y que pueden interpretar los textos esotéricos mucho más correctamente que lo que pudieron los iniciados hierofantes de Caldea y Egipto”.

Esto quiere decir que los antiguos hierogramatistas y sacerdotes, quienes fueron los inventores de todas las alegorías que sirvieron de velo a las muchas verdades enseñadas a las Iniciaciones, no poseían la clave de los textos sagrados, compuestos o escritos por ellos mismos.

Todo esto es comparable con otras ilusas pretensiones de algunos sanskritólogos, quienes a pesar de nunca haber estado en la India, reclaman conocer el acento sánscrito y su pronunciación, como también el significado de las alegorías védicas, mucho más, que los más sabios entre los grandes pandits y expertos en Sánscrito de la India.

Después de todo esto quién no se asombraría de que los dialectos y códigos de nuestros alquimistas y Kabalistas medievales, sean también leídos literalmente por el estudiante moderno y que el Griego y aun las ideas de Aechilles, sean “corregidas” y mejoradas por los sabios Griegos de Cambrigde y Oxford, y que las parábolas vedadas de Platón, sean atribuidas a su “ignorancia”.

Si los estudiantes de las lenguas muertas en verdad supieran, debieran saber que el método estricto a la Ley de Causa y Efecto fue aplicado en la antigüedad así como también se hace hoy la moderna filosofía; es por eso que desde la primera aparición del hombre, la verdad fundamental de todo lo que se nos permite saber en la tierra estaba en las manos seguras de los Adeptos del Santuario; que la diferencia de credos y religiones practicadas era solamente externa; y que esos guardianes de la primitiva divina revelación, han sido quienes han resuelto cada problema que es posible de entender por el intelecto humano, y que estaban unidos por la universal hermandad de la ciencia y la filosofía, la cual formó una cadena ininterrumpible alrededor del globo.

En búsqueda del final del camino

Es para la Filología y los Orientólogos tratar de encontrar el final de la madeja. Pero si persisten en buscar en una sola dirección y en la dirección equivocada, la verdad y los hechos, jamás se descubrirán. Es por lo tanto un deber de la psicología y la Teosofía ayudar al mundo a descubrir esas verdades.

Estudien las religiones Orientales a la luz de la filosofía oriental -no occidental- y si llegasen a colocar un simple engarce del sistema de las viejas religiones, la cadena de misterios puede muy bien desenredarse. Pero para alcanzar este objetivo no se debe estar de acuerdo con aquellos que enseñan que es antifilosófico investigar en las primeras causas, y que todo lo que podemos hacer es considerar los fenómenos físicos. El campo de la investigación científica esta lleno de fenómenos por todos los lados, pero una vez el limite de la materia es alcanzado, la investigación debe detenerse y recomenzarse de nuevo.

Como el Teósofo no quiere jugar a ser la ardilla que mueve la rueda, debe rehusarse a seguir las indicaciones de los materialistas. Él, más que nadie, sabe que las evoluciones del mundo físico, de acuerdo con la antigua doctrina, es seguida por la misma evolución en el mundo del intelecto, ya que la evolución espiritual en el universo se manifiesta en ciclos, exactamente como la física. ¿No vemos en la historia una alternación regular de ascenso y descenso en la marea del progreso humano? ¿No vemos en la historia universal y aun hallamos esto mismo en nuestras propias experiencias, de que los grandes imperios del mundo, después de alcanzar la culminación de su grandeza, descienden otra vez, de acuerdo con la misma ley por la cual ascendieron?

Más aun, habiendo descendido a su punto mas bajo, la humanidad se surge de sus propios deshechos y asciende una vez más, hasta la altura de su misma esencia, de acuerdo a la ley de progresivo ascenso por ciclos, de alguna manera más alta, que el punto del cual descendiera una vez. Reinos e imperios están debajo de esta misma ley cíclica, como también las plantas, razas y todo lo que existe en el Kosmos.

Las edades de Oro, Plata, Bronce y Hierro

Vemos lo mismo en toda clase de literaturas. Una edad de inspiraciones e inconsciente productividad, es invariablemente seguida por una edad de críticas y conciencia. Una le da a la otra el material de análisis y críticas al intelecto del otro. “El momento es más que oportuno, para que se revisen las viejas filosofías. Arqueólogos, filósofos, astrónomos, químicos y físicos están acercando el punto donde tendrán que considerarlas. La ciencia física esta alcanzando el limite del campo de su exploración: la teología dogmática ve la fuente de su inspiración secarse.

El día esta llegando cuando el mundo recibirá la prueba de que solo las antiguas religiones estaban en armonía con la naturaleza, y la ciencia antigua alcanzaba todo lo que es posible conocer. “Una vez más la profecía hecha en “Isis sin Velos” veintidós años atrás es reiterada. “Secretos largamente mantenidos serán revelados; libros por mucho tiempo olvidados y arte por mucho tiempo perdido, serán traídos a la luz de nuevo; papiros y pergaminos de inestimable importancia aparecerán en las manos de hombres, quienes pretenderán haberlos desenrollados de momias, o tropezarse con ellos en criptas enterradas; cerámicas y columnas, cuyas revelaciones esculpidas asombraran a los teólogos y confundirán a los científicos, están por descubrirse e interpretarse. ¿Quién conoce de las posibilidades del futuro?

Una era de desencantamiento y reconstrucción pronto llegará — No- ya ha comenzado. El ciclo ha casi recorrido su curso; uno nuevo esta a punto de comenzar, y las futuras páginas de la historia contendrán toda la evidencia, y darán las pruebas reales de todo lo dicho. “Desde el día que esto fue escrito mucho ya ha acontecido, el descubrimiento de las cerámicas Asirias y sus cronologías, por si solo, han forzado a los interpretes de las inscripciones cuneiformes- ambos cristianos y libres pensadores- a alterar la mismísima edad atribuida al planeta.

La cronología de los Purânas hindúes, reproducida en “la Doctrina Secreta”, es ahora menospreciada, pero llegara el tiempo cuando será universalmente aceptada. Esto puede ser tomado como una simple presunción, pero solo será en el presente. Es en verdad cuestión de tiempo. Todo el resultado del enfrentamiento entre los defensores de la antigua sabiduría y sus detractores-laicos y religiosos- descansa: a) en la incorrecta comprensión de la vieja filosofía, por la carencia de las claves que los Asiriólogos afirman haber descubierto y: b) en las materialistas y antropomórficas tendencias de la era.

Esto en ninguna manera trata de impedir que Darwinistas y filósofos materialistas de desentierren las minas intelectuales de los antiguos y se apoderen de las riquezas de ideas que estas poseen. Ni a los teólogos, de descubrir dogmas cristianos en la filosofía de Platón y llamarlas “presentimientos” como en el Libro del Dr. Lundy titulado Cristianeidad Monumental y otros tipos de trabajos contemporáneos. De tales “presentimientos” toda la literatura- o lo que queda de esa literatura sacerdotal- de la India, Egipto, Caldea, Persia, Grecia y aun Guatemala (Popul Vuh), esta llena.

Lo que por sí se establece como una eterna y continua evidencia y prueba de la existencia de ese Unico Principio, es la presencia de un innegable diseño en el mecanismo cósmico, nacimiento, crecimiento, muerte y transformación de todo lo que existe en el universo, desde la silenciosa e inalcanzable estrella, hasta el más insignificante liquen; desde el hombre hasta las invisibles vidas, ahora llamadas microbios.

Es por tanto de una aceptación universal la “Mente Divina”, el Ánima Mundi de toda la antigüedad. Esta idea de Mahat (el grande) Akâshâ o el Aura de Brahma de transformación, de los Hindúes, del Alaya; “El Divino Ser de Misericordia y Compasión” de los místicos trans-himalayicos; “la eterna razón de la Divinidad”, de Platón, es la más antigua de las doctrinas hasta ahora conocida y creída por el hombre.

Por lo tanto no se puede decir que se originó con Platón o con Pitagoras ni con ninguno de los demás filósofos dentro del periodo histórico. Los oráculos de Caldea dicen:

“El trabajo de la naturaleza co-existe con la intelecta luz espiritual del Padre. Porque es el Alma [Greek: yuce] la que embellece el gran Cielo y la que lo adorna después del Padre”.

Pitágoras trajo sus doctrinas de los santuarios orientales y Platón las compilo dentro de una forma más inteligible, que los numerales misteriosos del Sabio–cuyas doctrinas él había totalmente abrazado- de manera que el Cosmo es “El Hijo” según Platón, teniendo como padre y madre a la Divina Mente y la Materia. La primera idea “nacida de la oscuridad antes de la creación del mundo” yace dentro de la mente no manifestada; la segunda es la Idea que emana como una reflexión de la Mente (ahora el Logos manifestado), revistiéndose de materia, y asumiendo una existencia objetiva.

Ocho días de Jánuca para encender la Menorá

El Ángel le preguntó al Profeta: “¿Qué ves?”. Y el Profeta respondió: “Veo una Menorá hecha completamente de oro… Con sus siete lámparas”.

Tras la muerte de Alejandro Magno, su Imperio fue dividido entre los jefes de sus ejércitos: Antigonos, Talmai y Seleucus. En concreto, Israel quedó en manos de Talmai, quien pretendió imponer la cultura helénica a los pueblos que quedaban bajo su mando, incluido el Pueblo de Israel, llegando a prohibir a los judíos la práctica de sus costumbres y tradiciones, incluida su religión.

Ante ello, el Pueblo de Israel reaccionó rebelándose contra las tropas griegas, las cuales les superaban en número, pero se produjo el milagro y los judíos se impusieron a los griegos, el milagro de “ganar pocos contra muchos”. Sin embargo, cuando los israelitas victoriosos regresaron a Jerusalén, al dirigirse al “Har Habait” (el “Santuario del Rey de los Reyes” o “Templo de Jerusalén”), descubrieron con asombro y pena que estaba totalmente destruido, lo que provocó llantos y lamentos entre los israelitas ante el desasosiego que les provocó descubrir tal desgracia.

Sin embargo, otro milagro más había de obrarse. Efectivamente, Yehudá se encaró a los Sacerdotes y les dijo: “No es el momento de llorar. Es tiempo para actuar por Hashem. Tomen las piedras impuras y construyan en su lugar un altar con piedras nuevas. Mas debemos finalizar antes del veinticinco de Kislev. Debemos hacer un nuevo candelabro de hierro y adhiéranle placas de madera. Y estará en lugar del de oro que quitaron los griegos. Tiremos y destruyamos todos los ídolos griegos que estan aquí. Vamos a purificar la casa de Dios de toda esta suciedad causada por Antiojus (líder del ejército griego).” Pero, a la hora de encender el candelabro o “Menorá”, tras reconstruir el Templo, el día veinticinco de Kislev, se encontraron con que sólo disponían de aceite sagrado para un día y que preparar más aceite les llevaría ocho días, por lo que al día siguiente se apagaría la Menorá y no podría lucir con su fuego sagrado el Templo reconstruido. Sin embargo, como indicamos, un nuevo milagro se obró, ya que Yehudá llenó los brazos de la Menorá con el aceite sagrado de que disponían y este duró exactamente ocho días, a pesar de ser insuficiente.

“Den gracias a Hashem, porque Él es bueno, porque su bondad es maravillosa”, repetían todos ante el milagro, decretándose así por los Sabios que, para el año siguiente, el día veinticinco del mes de Kislev fuera día de alabanza y agradecimiento. A partir de ahí se instituyó en el Judaísmo el “Jánuca”, “Janucá” o “Fiesta de las Luminarias”.

Y es precisamente este domingo cuando, un año más, la Comunidad Judía celebra el Jánuca, prolongándose durante ocho días esta celebración indispensable en el calendario judío, quizás la más importante.

Durante la llamada “Fiesta de las Luminarias” los judíos conmemoran el milagro antes mencionado, en el que la Menorá permaneció encendida durante ocho días con sólo aceite para un día. Y es durante esta celebración cuando los judíos, cada noche de Jánuca, encienden un brazo de la Menorá, hasta completar los ocho brazos del candelabro, momento en el que finaliza esta festividad. Ha de hacerse notar que la Menorá cuenta con ocho brazos más uno mayor (en total nueve brazos), siendo el mayor el que se enciende la primera noche de Jánuca, mientras que los ocho restantes el resto de noches.

El Jánuca se celebra, por tanto, durante ocho días, del 25 de kislev al 2 de Tevet (o el 3 de Tevet, cuando Kislev cuenta con sólo 29 días), según el calendario judío, fechas que varían según los años pero que, éste, coinciden con nuestra Navidad, lo que nos recuerda la coincidencia aproximada de las grandes festividades de las tres grandes religiones monoteístas en el tiempo (Jánuca, Eid al Adha y Navidad) y nos evoca una misma intención a la hora de celebrar, aunque con orígenes y significados distintos.

Efectivamente, la intención de las tres grandes religiones es la misma: consagrar un período de tiempo, coincidente con el final del año, a Dios y a celebrar un momento clave en el que, en cada una de estas religiones, se produce un punto de inflexión que marca un antes y un después en la concepción de la Fe. Sin embargo, el origen y el significado, obviamente, de cada una de estas grandes celebraciones es diferente, pero su situación en el calendario ya nos viene a indicar que responden al mismo deseo de cerrar el año dando gracias a Dios, celebrando su Fe y manifestando sus mejores deseos para el año próximo, siendo el aderezo indispensable la celebración en Familia.

Orígenes distintos y significados diferentes no impiden, sin embargo, que el contenido de las celebraciones sean muy similares. En Jánuca la Familia es el centro de las celebraciones, los regalos a los más pequeños, la necesidad de mostrar a todos los símbolos festivos, el papel primordial de la luz, … Algo común a las tres grandes religiones monoteístas y que las aproximan a pesar de sus diferencias.

Pero es en Jánuca donde la luz ocupa el papel más significativo, ya que el ritual del encendido de las velas de la Menorá constituye el centro de las celebraciones, luz que simboliza el fin de la oscuridad y con la que se recuerda que “un gran milagro ocurrió allí” (“nes gadol haia sham”): el milagro de Jánuca (חנוכה).

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